TODO SOBRE MI PADRE
Marzo de 1909.El sol implacable del verano en el valle de Combarbalá, parece no querer batirse en retirada. Los parrones dejan ver sus dorados racimos, mientras a lo lejos los arrieros y sus piños comienzan a bajar de las veranadas cordilleranas cargados con quesos de cabra y charqui.
El valle mantiene su cálida placidez de inicios de siglo. El río con sus aguas frescas y diáfanas baja de los macizos andinos finteando las inmensas piedras como huevos de dinosaurios.
Las casas de barro y quinchas ubicada entre los maizales, frutales y plantaciones de tomates se ve revolucionada con la llegada del nuevo integrante familiar.-llevará mi nombre había dicho don Amador. El hombre se había ganado el respeto en todos los pequeños villorrios del valle, en los cuales conocieron de sus oficios de minero, arriero, mercader de géneros o agricultor de la hijuela que había recibido de sus antepasados.
Así creció Amador entre rebaño de cabras, sol, nieve y vino hecho en casa. En su padre encontró al amigo, maestro y eterno compañero en las labores del campo. Cómplice de juergas. No asistió a la escuela, un verdadero lujo para la época.
Amador se sentía inquieto, intranquilo, quería descifrar los enigmas de los libros que llegaban a sus manos y que su padre cada noche leía con tanta facilidad junto al fogón del hogar o la ramada cordillerana. A los doce años este informal sistema de enseñanza aprendizaje de lecturas hogareñas a la luz de las lámparas mineras y subtítulos de películas que llegaban al pueblo le permitieron descubrir un mundo nuevo, que se abría como una verdadera revelación.
La cálida atmósfera del valle combarbalino que invitaba a la siesta, invadía cada rincón del hogar de los Cortés Flores, alterado sólo cuando llegaban noticias del mayor de los ocho hermanos, quien cumplía con la milicia en Antofagasta o cuando la familia se trasladaba arrastrando enseres a la fiesta religiosa del niño Dios de Sotaquí o bien aparecían de tiempo en tiempo viajeros que llegaban del norte grande, contando como en en el desierto florecían pueblos con teatros, pulperías y prostíbulos con mujeres y licores importados.
La partida era inminente. Muy pronto Amador debió reunir sus enseres personales en una vieja maleta de madera. Sería Coquimbo el punto de enganche donde el vapor "Tocopilla" anclaba para recoger a los esperanzados hombres que soñaban con derrotar a la pobreza y ganar el dinero a manos llenas.
Hombres sudorosos de rostros curtidos; muchos de ellos con una linguera como único patrimonio. Se alistaron desafiando los desconocidos designios del destino. Habían llegado de los campos de Chile central y de los valles del norte chico. Amador viajaba junto a su padre entre apretujados viajeros en la oscura y maloliente bodega, algunos de los cuales como le había advertido el viejo minero no merecen la confianza de nadie. Muchos de estos hombres no alcanzaron a conocer las salitreras.
La Plaza Colón y el reloj al son de Antofagasta dormida encandilaron al muchacho. Sin embargo sería la oficina "Unión" el destino de ambos. El provisional hogar de la pequeña pieza de calaminas no tenía más objetos decorativos, que los dos catres de campaña en el piso de tierra, alumbradas por una lámpara de carburo. El dinero no existía; sólo fichas de colores que servían para comprar en la pulpería de la oficina. Cada mañana y como un rito al iniciar la jornada, el joven Amador amarraba el pañuelo al cuello y de esa manera tratar de contener el sudor, calzaba los gruesos calamorros y sobre su cabeza colocaba el sombrero de ala ancha para capear el sol atacameño. A diario debía salir en el carretón de madera tirado por un viejo macho a repartir las herramientas que necesitarían los pampinos . .. Continuará . Próximo capítulo: La Variante.
