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La Coctelera

carapalida

27 Enero 2006

HISTORIAS DE FAMILIA

Estación de rayado

La Ligua 10 de septiembre de 1973...

Ricardo detiene la mirada un instante en el horizonte, donde los rojizos cielos del Chile central, parecen caer como un gran meteorito

sobre el Pacífico. Mientras tanto, Ascencio y Umberto permanecen sentados en el tosco pavimento del anden, junto a una torre de cajas

plataneras, embelesados con la narración de Jairo, la cual acompaña de gesticulaciones y movimientos de manos como un verdadero

prestidigitador. En la atmósfera se percibe la tibieza del aire primaveral, el cual comienza a instalarse lentamente en un escenario profusamente

multicolor, denotando la generosidad del período invernal, que comienza a batirse en retirada. De esquelética contextura, pelo desgreñado, pómulos

salientes, chaqueta verde oliva con parches de cabo del ejercito y su máximo orgullo: los jeans Lee, que su hermana le había comprado

a un marino del Cerro Alegre. Ricardo, se acercó a la línea férrea y cortó una azafranada campanita y se la puso en la oreja, esperando alguna

reacción de sus amigos, lo que no consigue, ya que una vez más, Jairo narraba la historia de la niña que por desobedecer a sus padres se había

convertido en mariposa, Fue en una pequeña y descolorida carpa , en el centro de Pueblo Hundido, donde aún vivían algunas almas, esperando

que un milagro despertara al desierto del sueño eterno de la soledad y cual Lázaro se levantara trayendo jarana y fichas de colores. La Mariposa

aquella, le predijo el futuro. Serás un gran predicador, le había dicho y no olvides nunca esto: "no desobedezcas a tus padres o serás condenado

de por vida a ser un insecto alado como yo". En todos los velorios del Cerro Municipal la historia se repetía una y otra vez.

El progreso, las noticias y la moda llegan tardíamente al otro lado de la cuesta del Melón, que corta sin piedad el territorio en dos

mundos. Muchas noticias son conocidas sólo a través de las narraciones de los viajeros o de los privilegiados estudiantes internados en el

Liceo de San Felipe, el Internado Nacional Barros Aranas o el Internado Nacional Femenino, que llegan, cada viernes a la plaza, a lucir la

exclusiva ropa que adquieren en Providencia o armar la fiesta del fin de semana. Ricardo intenta descubrir en la reflexión, las motivaciones, que

lo llevan a participar en el viaje y en la que parecen mezclarse diversas sensaciones e influencias novelescas o cinematográficas, como la

película "Busco mi destino" que vio cuatro veces en el Cine Ligua y que durante algún tiempo lo tuvieron transformado en el "Capitán América".

Un viaje a lo desconocido, donde el destino y el resultado parecen importarle muy poco. ¿ Sería quizás el reencuentro con las oficinas salitreras

de las cuales le habló tantas veces su padre Primitivo Caro, que se había embarcado en un enganche en el puerto de Coquimbo? ¿o tal vez, sería

la magia del reloj de la plaza Colón de Antofagasta, que daba la hora al ritmo del vals y que encandiló al viejo pampino ?. Nunca lo supo. Las flores

a la orilla de los rieles de la vieja estación de Rayado, ponen el toque policromático al paisaje limpio e inocente de comienzos de los setenta. Con

el paro de los camioneros, la estación había recuperado parte de su antigua grandeza, gracias también, a la paciente mantención que hacía don

Policarpo Fernández, un viejo carruncho que había pasado por todos los escalafones de la actividad y esperaba la pronta llegada del sobre lacrado

con la orden de retiro, que traería un superior de Calera. Nunca pensó, que después de treinta y cinco años en Ferrocarriles del Estado y casi

en los descuentos de su carrera, la estación tendría tal actividad. Había ingresado al servicio, primero como fogonero, pasando a maquinista; luego

a inspector del tren Calera Puerto, para terminar como jefe de estación en Rayado, lugar donde laboran además, un cambiador y el boletero.

Desde el andén, sólo se logra ver parte del viejo cementerio de La Ligua, como si fuera una tétrica postal que retratara lo que es su apacible

vida provinciana; revolucionada sólo cuando llegaba algún circo o los parques de entretenciones, como el "Chilean Park" que traía la novedad que

provocó largas colas de quienes querían observar a través de un pequeño caleidoscopio de carey, una secuencia de figuras de historietas, que iban

cambiando con el movimiento y acción de la minúscula palanca. Ricardo guardó particularmente las imágenes de Hopalong Cassidy, las que conservó

a través del tiempo, hasta la llegada de la televisión. Recordaba también como los hombres mayores, cual felinos al acecho, ingresaban sigilosamente,

hasta un pequeño cuarto oscuro, constituyendo toda una incógnita para los niños que no lograban comprender que había en ese mundo impedido

para ellos. No olvidaba tampoco, cuando el Chalo Rosales amenazó al locutor del "Chilean Park", con romper todos los discos de vinilo, por haber

dedicado la canción "Despeinada" a su mujer, una ballena blanca con melena.

Desde el tanquetazo militar que cercó La Moneda , las estrechas calles del pueblo, se veían remecidas por los desfiles de los mineros del interior

de la provincia. Rostros curtidos, endurecidos por el rigor del frío precordillerano y el candente sol que golpea como un látigo en los veranos de

interminables tardes de nunca acabar. Llegaban desde las minas de cobre, cuarzo y oro de Cabildo y Petorca. El ceño fruncido, cascos descoloridos

y viejas lámparas colgando en sus pechos y según se decía con mechas de tiros de dinamita que escondían entre sus raídas ropas. Desfilaban con

paso decisivo por la calle principal, ante la atemorizada mirada de los turcos, que apresuradamente cerraban puertas y cortinas metálicas, de las

pequeñas tiendas de ropa, zapatos y géneros .

La carga estaba lista. Saldrían en el último tren de las seis de la tarde. En seis cajas plataneras estaban los años de duro trabajo de Ascencio

en el taller de don Carlos, el único sastre del pueblo. De turnos infinitos. Sobre todo en las fiestas patrias, donde los campesinos de

Longotoma, Huaquén y Catapilco, mandaban a confeccionar ternos en telas Oveja Tomé y Bellavista.

Doscientos chalecos de ruda confección constituían el preciado capital que los llevaría a la conquista del mítico norte, donde al parecer

se vivía en otro país. Jairo constantemente comentaba que el desabastecimiento no existía. Azúcar , aceite, lana o combustible según se decía,

cruzaban por algún punto del norte andino desde Bolivia o Perú a lomo de llamas o mulas.

El viaje tendría que realizarce el lunes 10. Así lo había acordado el grupo en una de las tantas reuniones en la plaza de armas. El "Rica" como

le decían sus amigos, no podria olvidar aquella noche del plan. Fue la misma oportunidad en que el "Loco Mario" subió a la Pérgola de la plaza, y se

cantó completita la canción de Joe Cocker "Con una ayudita de mis amigos", que sonaba por los altoparlantes, con un volumen que podía lograr el

milagro de hacer oir a un sordo; mientras el Evaristo, un alcohólico empleado municipal , repetía cada vez que se iba a tomar la caña de tinto en el

Restaurante Saint Francois. Así hubo noches en que el festival de woodstock, se escuchó completo, en el pequeño pick up del subterraneo, a merced

de los improvisados programadores, en medio de la espesura del humo de la yerba. No podían esperar más. Viajarían en la combinación ferroviaria

que viene de Calera. - En tres días más estaremos en Iquique, y ahí conocerán la matahombres, señalaba Jairo con tono amenazante. La matahombres

como el la llamaba, era la experiencia de atravesar durante el día,el desierto de Atacama, donde el sol vaporiza hasta las lágrimas. Compraron

los pasajes con una semana de anticipación. La demanda por un boleto en tren se había triplicado. Las clases quedarían en suspenso, ya que

de los cuatros integrantes del grupo, tres estudiaban en el Liceo de La Ligua, sin embargo nadie parecía preocuparse por el tema, ni hizo el más

mínimo comentario acerca de las prolongadas ausencias que obligarían a actualizar materias y pruebas atrasadas. A pesar de estar a las puertas

de la enseñanza media, ninguno pensaba en ese momento en la Universidad. - En el futuro socialista ,dará lo mismo ser obrero de una fábrica,

intelectual o ingeniero, porque, al final seremos todos iguales, sentenciaba Ricardo en todas las discusiones políticas y filosóficas. El paro de los

transportistas se prolongaba ya por espacio de dos meses. El desabastecimiento de productos esenciales en todo el país, se convertía en el problema

más grave que debía enfrentar el gobierno. Ricardo odiaba las colas. Como el menor de los hermanos continuamente debía hacerlas , para conseguir

productos esenciales, como aceite, pan, azúcar y todo lo imaginable. El papá del Rica sin embargo, se las ingeniaba cada semana para conseguir

una canasta en la Junta de Abastecimientos y Precios del barrio cementerio. Hasta cigarros incluía, lo que sería el punto de partida para un vicio que acompañaría a Ricardo por muchos años. Ascencio y Ricardo eran hermanos. Vivían en un barrio obrero, que había conocido de pilones colectivos

de agua potable, acarreando el agua en ganchos que colgaban sobre los hombros y del cual pendían los baldes o tarros. Por esos tiempos existía

una especie de oficio en el rubro, ya que algunos se habían especializado y cobraban por acarrear y llenar un tambor. Las casas del barrio eran en

su mayoría de madera, luego que el adobe sucumbiera a la fuerza de los terremotos del año 1965 y luego del 1971. Sobresalía la casa gris de los

hermanos Caro, tosca y desnivelada, construida íntegramente por el padre en sus horas libres; también algunas de llamativos colores que habían

resistido los sismos y conservaban parte de su antigua estructura y del cual surgía el característico aroma de los leños encendidos de los hornos

de la fábricas de dulces.

La lucha política se agudizaba en las tomas de fábricas, fundos y universidades. Ricardo y Umberto ya habían dado el examen de iniciados

combatientes en su propio Liceo. Siendo integrantes del Frente Estudiantil Revolucionario, llegaron hasta el establecimiento, sin que nadie se los

pidiera, para defenderlo de la toma que se venía encima. Todos de aspecto desgarbados, pelos largo, con brazaletes, cascos, banderas y pañoletas

rojinegra, premunidos de hondas, linchacos, cadenas y bombas molotov. Al llegar al recinto fueron interceptados por carabineros, quienes

flanquearon la entrada y los hicieron devolver. Frustrados y temerosos empezaban a comprobar que los carabineros actuaban en serio y parecían

no entender de ideas, procesos ni filosofía política. Los enfrentamientos son cosa de la vida diaria. No existe espacio para la pausa conciliadora, y

en todos los ámbitos el tema es el mismo: partidarios u opositores al gobierno, se enfrentan en acaloradas e intestinas discusiones, donde ambos

sectores creen ser dueños de la verdad absoluta. En La Ligua la situación no es distinta del resto del país. En la entrada poniente de la ciudad están

aparcados los camiones y buses que adherían al paro.

Ricardo, Jairo y Umberto ya habían dado muestras de idealismo y decisión por el proceso. El día de la elecciones del centro de alumnos en

el Liceo, luego de la derrota frente a la CODE, alianza entre la derecha y la DC, se refugiaron en un lugar estratégico de la plaza de armas e hicieron

el primer apedreo político que registraba La Ligua. La andanada cayó sobre quienes se habían atrincherado en el centro del principal espacio público

del pueblo. Umberto señalaba - las elecciones sólo sirven a la clase dominante. Ricardo y sus amigos eran parte del paisaje cotidiano del pueblo,

cargando los carreteados discos de Woodstock, Jimmy Hendrix o Los Doors o sentados en los bancos de la plaza en eternas discusiones sobre el

realismo mágico, la aventura del Che, la filósofía de Marx o Marcuse.

El tren era el único medio para poder llegar a cualquier destino. Las viejas locomotoras tirando las serpenteantes caravana de carros eran parte

del paisaje de Chile. Desde La Ligua se podía llegar hasta Calera, donde los pasajeros combinaban con el tren al puerto de Valparaíso o a Santiago.

Al norte era posible llegar hasta Iquique en trenes atestados de pasajeros, los cuales venían provenientes de la Estación Mapocho en la capital.

Durante la noche el grupo había trabajado muy duro para poder ordenar las chalecas y colocarlas en las cajas plataneras, las cuales eran muy usadas

para el transporte de los tejidos que movían el comercio. Ascencio era el mayor del grupo, y constrastaba su formal vestir de joven de los sesenta,

con el resto de los adolescentes del grupo. Él se iniciaba en las lides mercantiles y había tenido muchas dificultades para poder conseguir lana, la cual

adquirió en el mercado negro.

El destino final era Iquique. Cada integrante reunió doscientos chalecos. - suficiente para volver con hartos mineros, comentaba Jairo, refiriendose

a los nuevos billetes de quinientos escudos que había lanzado la casa de moneda y que los opositores al gobierno escribían "convertible en

mierda conforme a la UP". El grupo de liguanos lo integraba: Jairo, Umberto, Ascencio y Ricardo.Jairo era de aspecto bonachón, regordete,de

piel ,aceitunada y se caracterizaba por sus permanentes cambios de parecer frente a cualquier situación, intentando siempre insertarse en

los grupos de discusión intelectual a través de supuestas lecturas de clásicos de la literatura.

En la estación de Rayado, embarcar fue toda una proeza. La locomotora de color ocre, encabeza la larga fila de oscuros carros que alguna

vez fueron verdes, cortado por el vagón de carga donde se acomodan las cajas con la mercadería y en el cual apenas se logra leer en deslavadas

letras amarillas:" Ferrocarriles del estado". Junto a los cuatro pasajeros suben dos vendedores de dulces, uno de los cuales era un hombre viejo, alto,

de piel muy morena y grasienta, de nariz aguileña, quien lucia un sombrero negro de alón caído, y que según decía, fue testigo del accidente en que

un conscripto perdió la cabeza, arrancada de cuajo por el puente metálico, cuando este sacó su cuerpo por la ventanilla ;la cabeza volvió a entrar

por la siguiente ventana cayendo en los brazos de una embarazada. Los vagones de segunda se encuentran repletos; incluso en medio de las pisaderas

que unen los carros, era posible observar a jóvenes que querían llegar a algún lugar de cualquier manera. En el carro predominan los jóvenes. Un

barbudo de pequeños lentes redondos y poncho chilote, canta: "que culpa tiene el tomate si está tranquilo en la mata"... el coro integrado casi por

la totalidad de los pasajeros responde, "si viene un hijo de puta y lo mete en una lata"...La mayoría regresa a alguna de las universidades nortinas,

mientras otros pasajeros, comparten presas de pollo fiambres y sandwish de pernil. Será la tónica del viaje, rasgueos de guitarras con sones de

canciones revolucionarias . Todos los pasajeros apretujadamente se acomodan, entre viejas maletas de madera, canastos de mimbres y bolsos

de cuero. Todo era conversación, risas, humo de cigarrillos y confundidos olores de canastos con miel, pan amasado y charqui. Entre los pasajeros

del carro viajan tres jóvenes que por su apariencia eran claramente extranjeros: de largas melenas rubias, con vistosas parkas de colores y llamativas

mochilas. El carro es un ir y venir de gente que pasaba de un lugar a otro. Los amigos extranjeros resultaron ser suizos que viajaban con destino

a Bolivia, acompañados de un genuino representante del hipismo chileno, de nombre Francisco y Oriundo de San Felipe. A duras penas intenta traducir algunas palabras, en un precario y divertido inglés. Era la caricaturesca imitación de un gringo.

Las bajas temperaturas de fines de invierno se capearían con frazadas, pisco y café. La mayoría se había preparado para esperar la noche, mientras

otros intentaban dormir, acomodándose incluso en las altas repisas destinadas al equipaje. Es el lugar elegido por Jairo, quien comienza a dar muestras

de su experiencia en viajes aventuras, siendo imitado por Umberto, quien no deja de manipular su fiel y pequeño revolver - uno nunca sabe decía. En la

necesidad de tener algun protagonismo, Jairo participa y trata de liderar las conversaciones acerca de todo lo que hable de filosofía y temas místicos,

continuamente es visto con libros bajo el brazo, sin entender al parecer su contenido, ya que manifiesta, algunos evidentes desaciertos, como en

aquel momento en que al intervenir acerca del libro "El Profeta" dijo:"yo sabo", provocando la risa generalizada de quienes viajaban en el carro,

terminando de esa manera, la respetuosa atención que había provocado hasta ese instante entre quienes se encontraban en el grupo. En la

atmósfera del carro flota el espeso e inconfundible aroma de la marihuana, que los suizos y el sanfelipeño hacen correr de mano en mano, provocando

más indiferencia que curiosidad entre los pasajeros. En cada estación suben vendedores de: alfajores y empolvados de La Ligua; botellas de

té caliente y sánguches de queso de cabra en Combarbalá; y en Ovalle, la leche en bolsas y agua con miel. En la estación de Illapel dos

flacuchentos niños gitanos de pelo amarillo desgreñado y el rostro pegoteado por los mocos, recorren los vagones, ofreciendo cartones de cigarrillos

Hilton Y Monza.

Ascencio había logrado hacer amistad con un grupo de estudiantes de la universidad con sede en Iquique, donde sobresalía una muchacha de distinguido aspecto, de vestir

formal, beatle naranja y jumper de cotelé negro que hacía resaltar más su blanca y lozana piel, dejando al descubierto sus cuidados y perfectos dientes, quien dice estudiar pedagogía

en inglés en Iquique, y cuyo padre según ella señalaba, sería funcionario del Banco Central de Chile. Las miradas entre Ascencio y Sandra se hacen cada vez mas intensas. Él parece

sentir la tersura de su alba piel con olor a guagua.

Todos intentan dormir, a pesar del incesante traqueteo del tren sobre los rieles, que como cortina musical de fondo nos acompañaría

durante todo el trayecto, interrumpida sólo por el pitazo de la locomotora al llegar a perdidas estaciones, donde sólo parecen habitar fantasmas. En

la madrugada los pasajeros suben y bajan en medio de las penumbras, abriéndose paso entre el equipaje y quienes duermen en los pasillos.

El plan se había consumado en largas tertulias nocturnas en la plaza de la Ligua, Ascencio invertiría todos sus ahorros producto de la

indemnización que recibió, al cesar sus funciones como ayudante en un taller de sastrería. Comprarían lana y luego la mandarían a tejer y de ahí

al norte de Chile, donde se decía que incluso podrían comprar productos que acá no se encontraban. El entusiasmo cundía. Jairo ya había

comprobado lo exitoso de la aventura, al igual que varios liguanos, que volvían con las cajas vacías. - Nos quedaremos en casa de un familiar .Había

dicho Ascencio, el mayor del grupo-los demás tendrán que buscar alguna residencial en Iquique agregó. A todos los unían los mismos ideales o casi

todos, ya que Ascencio aún cuando se mostraba partidario del gobierno,no militaba en ningún partido, Jairo era comunista de fila, mientras que

Umberto y Ricardo se habían apartado de las corrientes tradicionales de la política izquierdista y del gobierno. Eran o al menos querían serlo, distintos

de los dos grandes bloques políticos , para eso formaron al interior del Liceo, el FER, organización autónoma juvenil de carácter revolucionaria, crítica

de la línea oficialista liderada por el partido comunista, al que veían como un anticuado partido formado por viejos dependientes de Moscú. A su

aspecto hippie o de intelectuales amantes de la literatura política y filosófica, ahora sumaban la de informales empresarios en tiempos de la revolución.

El hippie chileno se pasea por el carro, arreglando su pelo largo y desordenado. Viste un chaleco blanco sin mangas tejido a palillos,sandalias de cuero con medias chilotas y un gastado pantalón de paño negro, al cual agrega un cintillo de color rojo, que le dan un aspecto de piel roja. Francisco invita a las nuevas amistades a compartir con los gringos, logrando comunicarse entre señales y un hello goodbye, y nada más. Uno de los gringos con cara de vikingo, que viste un montgomery negro y gastados jeans estira su brazo para hacer correr el cigarro que pitan. - mis amigos van a Bolivia a buscar coca. Comenta Francisco. -¿coca? Pregunta Ricardo con cara de interrogación, por lo exótico de la droga. Francisco asiente con la cabeza, mientras los gringos se miran y sonríen entre ellos. Ricardo no quiere pasar por ignorante, ni menos como inocente, tratando de no demostrar sorpresa frente al tema, fija la mirada en las impresionantes mochilas, sacos de dormir y morrales de cuero que usan los suizos.

Las estaciones se suceden unas tras otras siguiendo la rutina y el despertar de pequeños pueblos.

Es martes 11 de septiembre. A través de la ventanilla, las primeras horas del día muestran su rostro frío y gris. El traqueteo de los carros

sobre los rieles continúa sin pausa. Los pasajeros con revueltas cabelleras y somnolientas miradas, comienzan a compartir una caliente taza de

té en el frío amanecer costero.

Como un caballo prehistórico cabalgando sin destino, la locomotora, va cruzando entre las montañas cortadas a punta de dinamita por otros

hombres perdidos en el tiempo.

Llega al puerto de Coquimbo. Son las 13 horas la algarabía continúa en medio de los convites de pollo, té y pan amasado. En el anden de

la estación, sólo unos cuantos pasajeros y fuerzas del ejercito con ametralladoras, hacen cumplir el estado de emergencia decretado por el presidente

Allende. Uno de estos pasajeros, cuyo aspecto Ricardo no olvidaría jamás: De rostro aceitunado, grandes dientes y pelo motudo, al subir se ubica

a la entrada del carro, apoyando sus manos en los asientos del carro y como un emisario de malas noticias, señala con nerviosa sonrisa: "No saben

que mataron a Allende, los milicos se tomaron el poder". Las palabras petrificaron hasta el aliento. Un silencio de desamparo e incredulidad inundó

el carro. Eran verdaderos puñales desgarrando el vientre de los presentes - A las dos comienza el toque de queda. Uno de los pasajeros sólo atinó

a decir - ¿Qué pasa en Santiago? Con el rostro perturbado y un acelerado corazón.

Al grupo se unieron dos mujeres, dispuestas también a no seguir viajando. Sólo Umberto decide continuar, sin dejar de lado su revolver, el

cual como un juguete, desarma en numerosas y pequeñas piezas. Jairo mientras tanto, a duras penas logra ocultar, el carnet de las juventudes

comunistas, debajo de la plantilla de su zapato izquierdo. Los cinco corren, por las estrechas calles de La Serena, como huyendo de una gran

bestia. Automóviles que van y vienen, rostros alegres de señoras que pasan indiferentes a las historias que viven los amigos, banderas en los

frontis de las viviendas de lineas coloniales . Faltan 20 minutos para el toque de queda. Ricardo mientras corre, va repasando las imágenes de las

concentraciones, marchas, cantos y reuniones con los estudiantes y obreros. En el estadio Chile,en el aniversario del primer año de gobierno o en

la Avenida Grecia, despidiendo a Allende quien viajaba a la sesión de la ONU y ese discurso inolvidable que se mandó . ¿Dónde estarán sus amigos

del MIR? ¿Estarán reaccionando los cordones industriales?

Las calles comienzan a quedar desiertas,- lo mejor sería ir a una comisaría, propone la mujer que toma el liderazgo del grupo de teñida cabellera

amarilla- total no hemos hecho nada malo. Todos obedecen a cualquier idea que surja del grupo. No hay tiempo de análisis. Rodeado por una trinchera

de fardos de pasto y sacos de arena, detrás de las cuales se divisa un casco y una ametralladora punto 30. A 20 metros, el grito de ¡alto! Los

hizo detenerse bruscamente. Con la ametralladora apuntando al grupo, un oficial de manera seca y cortante levanta su casco de fuerzas especiales

y dice - En Santiago se vive una situación de hecho y a partir de las dos de la tarde dispararemos a quien encontremos en la calle, busquen donde

quedarse. - Señor podemos quedarnos en la estación,, propone la mujer más joven, casi en tono de súplica. - en una iglesia señala Jairo. La respuesta

fue sólo ¡retírense rápido de aquí! Como una fatal cuenta regresiva, la hora continúa. De pronto un hombre de gruesos anteojos y vestir formal

los invita a pasar a una oficina. Ricardo se da tiempo para recorrerla con la vista. Papeles, carpetas, escritorios, máquinas de escribir, un teléfono

negro y una pequeña placa dorada donde se lee en letras negras "Fernando Rickerman contador". Nombre que no podría olvidar. Desde la oficina

observan el paso de los primeros blindados. El hombre que en ningún momento se identifica, continúa desesperadamente marcando números

- llamaremos a las residenciales para ver si tienen hospedaje. No tiene respuesta. Todo resulta infructuoso.- Llamaré a los hoteles. El desconocido

demostraba tanto interés en ayudar, que parecía aplacar la angustia del grupo. -Sólo hay uno que tiene una habitación pero, no recibe pasajeros

-vayan nos dice el hombre, es la ultima posibilidad.

Los cinco llegan al Hotel Bruselas. En la entrada, un hombre de distinguido aspecto. Alto de profunda mirada azul, tez muy blanca, peinado

a la gomina, vestido con un elegante terno que hace juego con sus ojos, corbata del mismo color, donde destacan el prendedor en forma de

delfín y las colleras doradas de su alba camisa. El hombre del físico imponente, flanquea las inmensas puertas de madera noble y reluciente, con

grandes manillas de bronce. - Señor, nos dijeron que aquí había una habitación. ¿Nos podría dar hospedaje? El hombre dió una mirada de reojo

al grupo y contestó lapidariamente - no hay habitaciones, lo siento. De pronto la mujer que había tomado el liderazgo, cuyo nombre nadie

conocía, señala -señor yo a usted lo conozco. El hombre conocedor del viejo truco, arrugando el ceño, amablemente respondió - no me diga

- perdone, continuó la mujer.- ¿Usted cuando va a Santiago va a almorzar al Restaurant EL Parrón de Providencia ? -Siii responde el hombre,

profundizando el azul de sus ojos, ante la sorpresiva interrogante. - señor yo soy la persona que lo atiende siempre. Con una ancha sonrisa

el hombre responde - por la nueva estrella que brilla en Chile, pasen todos a mi hotel. En el segundo piso en una habitación con tres camas,

Jairo observa el paso de los tanques y camiones con soldados carapintadas que van hacia la sede de la U donde se rumorea que los estudiantes

se habían tomado los laboratorios y comenta: "es la nueva estrella que brilla en Chile". Las mujeres nerviosamente comentan que ellas viven

en una población vecina a la Fabrica de Materiales del Ejercito FAMAE.

Tres golpes en la puerta de la habitación sacaron al grupo de los pensamientos internos que cada cual parecía construir. La camarera con un gesto de compasión y preocupación en su rostro, les señala "que la cena está servida".El comedor a media luz, rostros nerviosos que consumen cigarrillos tras cigarrillos y la radio entregando las últimas informaciones. Nadie pronuncia palabra alguna. El pescado al jugo, es consumido entre el silencio y la angustia. Entre bandos, marchas militares y comunicados se escucha: "Hace algunos minutos comandos del ejército, ejecutaron a célula extremista al mando del contador Fernando Rickerman, los individuos fueron sorprendidos en la oficina de este en el centro de La Serena, mientras preparaban atentado a instalaciones militares". Ricardo deja a medio camino la cuchara que busca su boca y un frío estremecimiento recorre todo su delgado cuerpo. Cierra los ojos, junta las manos e inclina su cabeza.

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